Evolución del concepto de la mujer en José Martí 1887-1895
Olga Marta Rodríguez Jiménez
RESUMEN
Entre 1887 y 1895, José Martí muestra una evolución rápida en su percepción de la
mujer en la función pública. Pasa de un concepto bastante negativo a uno bastante
positivo, inspirado en la propia capacidad demostrada por las mujeres en el ejercicio
de cargos políticos. También, en cierto modo, anticipa un concepto actual de la teoría
del género: no hay división tajante entre los espacios de lo público y lo privado, pues
este último también es público y, por tanto, no es ajeno a la mujer.
PALABRAS CLAVE: José Marti * mujer * género * política * lo público * lo
privado
ABSTRACT
Between 1887 and 1895, Jose Martí showed a fast evolution in his perception of women’s
role in the public function. The evolution occurred from a quite negative concept
to one relatively positive one, inspired by the capacity demonstrated by women in the
exercise of political positions. Also, in certain way, it anticipated the present concepts
in gender theory: there is no division between the public and private spaces, because
this last one is also public and, therefore, is not unknown to women.
keywords: Marti * woman * gender * politic * public space * private space
EN TORNO AL ESTADO DEL CONOCIMIENTO
El tema de la mujer o, mejor dicho, del
concepto de la mujer en el pensamiento y en
la valoración de José Martí, ya ha tenido acercamientos,
aunque no muchos, por parte de
estudiosos, en distintos momentos. Los trabajos
más antiguos que hasta hoy conocemos
corresponden a los cubanos Armando Guerra,
de 1933, y Roberto López Goldarás, de 1937.
Ambos titulados Martí y la mujer.
El enfoque de los dos, gira, básicamente,
en torno al Martí caballero y galante, romántico,
enamorado perenne de las mujeres. López
Goldarás resalta, algunas veces, la valoración
que hace Martí de la mujer artista, sobre todo
escritora, y de la mujer heroica que lucha por la
libertad de los pueblos.
Ambos trabajos, sin embargo, poseen el
mérito de estar entre los primeros en intuir
que había una veta vasta e intrigante, compleja
y, en ciertos puntos, visionaria, en el tema de la
mujer en el pensamiento de Martí.
Más tarde, en 1943, sale a la luz un trabajo
de Gonzalo de Quesada y Miranda, titulado
Mujeres de Martí, interesante por dos razones.
Se trata de un amigo cercano y colaborador
del maestro, por tanto, lo conoce y tiene la
oportunidad de compartir parte de la vida de
este. Por otro lado, intenta un acercamiento al
tema desde la psicología, partiendo del concepto
de “complejo afectivo” aportado por Freud.
Aunque no presenta ningún desarrollo del concepto
freudiano, expone la tesis, mediante la
descripción de las características psicológicas y
físicas de diferentes mujeres vinculadas a Martí,
que este buscó el perfil ético y psicológico de
su madre en las mujeres que amó y en aquellas
que admiró.
Hasta donde sabemos, es el único trabajo
indagatorio en torno al tema de la mujer en el
pensamiento de Martí, aportado por una persona
que conoce y comparte bastante tiempo con
el pensador, y el único que se ha planteado el
referido problema de investigación.
En 1977, se publica una investigación del
cubano Luis Toledo Sande, titulada José Martí
hacia la emancipación de la mujer. La pesquisa
que hemos realizado en pos del estado del conocimiento
en el tema del concepto de la mujer en
Martí, indica que se trata del primer trabajo que
aborda el punto de la participación femenina en
la vida pública, política, según el pensamiento
de Martí. Esta es una investigación amplia, pues
es bastante comprensiva de la obra martiana en
lo que respecta al referido tema.
En esta investigación destaca el esfuerzo
de rigurosidad científica del autor, al tratar de
establecer, desde una perspectiva más actual,
hasta dónde llegó Martí y hasta dónde no pudo
llegar en sus aportes en torno a la emancipación
del género femenino.
Este trabajo de Toledo Sande es un antecedente
inmediato del nuestro; pero antes de
exponer nuestros propios hallazgos, procede
mencionar una última investigación. Se trata de
un estudio de la académica argentina Alejandra
Torres, sobre la única novela de Martí, Lucía
Jerez, cuyo tema es amoroso. La investigación
de Torres se publica en 1997 bajo el título de
Fin de siglo: el poder del deseo femenino. Una
lectura de Lucía Jerez de José Martí.
En este estudio, Torres llega a la conclusión
de que, contrario a la tendencia de los melodramas
de la época, en que la heroína es la mujer
deseada, sumisa y dependiente, la mujer “buena”,
en el caso de Lucía Jerez quien triunfa es la
mujer deseante, sujeto y dueña de su destino, “la
mala”, con lo que Martí estaría ofreciendo, desde
su novela, una visión revolucionaria de la mujer.
También tenemos conocimiento de que la
profesora estadounidense, Laura Lomas, realiza
un estudio en torno al tema de la mujer en las
Escenas norteamericanas de José Martí, lo cual
indica que estaría abarcando parte de nuestro
corpus de estudio, pero no ha sido posible establecer
comunicación con ella.
EL PROBLEMA, EL CORPUS DE ESTUDIO Y EL CONTEXTO
Nosotros nos planteamos dos preguntas
¿Evolucionó José Martí en su concepto de la
mujer? y ¿Cuál y cómo fue esa evolución?
Hemos estudiado un corpus bastante
más restringido que el de Toledo Sande: algunas
crónicas de Martí para distintos periódicos,
pero producidas en un lapso importante para
nuestro problema: entre 1887 y 1889, cuando
en algunos estados de Estados Unidos se realizan
las primeras elecciones en que la mujer
ejerce derechos ciudadanos como elegir y ser
electa; el preámbulo de La edad de oro y la
carta que Martí escribe a su hija espiritual
María Mantilla, cerca de un mes antes de su
muerte. Nuestro corpus se enmarca, entonces,
entre 1887 y 1895, y es analizado desde la perspectiva
de algunos conceptos teóricos de género
en torno al poder político.
Lo primero que hay que observar es
que Martí es un pensador que mira desde su
masculinidad y desde su época, finales del
siglo XIX. Son tiempos en que perviven, podría
decirse, todos los estereotipos en torno a la
mujer y a su rol en la sociedad. Aún hoy, en el
siglo XXI, tal situación se mantiene en muchos
aspectos.
En la teoría del género, hoy es generalizadamente
aceptado, y pocos se atreverían ya a
cuestionar, que lo femenino y lo masculino son
una construcción social, y que si bien es cierto
que existe el sexo biológico, a partir de este se
constituye un sexo cultural. Al hablar de género,
estamos refiriéndonos, entonces, a todo lo que
socialmente distingue a las mujeres y lo femenino,
y a lo que define a los hombres y a lo masculino.
Pero hasta hace poco, estos conceptos
eran impensables, salvo por muy pocas y muy
pocos visionarios.
Desde los griegos venía prevaleciendo, de
manera casi absoluta, la concepción biologista
de los sexos: una división del trabajo supuestamente
determinada por condiciones naturales,
y una relación de poder asimétrica de dominación-
subordinación, dada la supuesta superioridad
mental y física del hombre y la supuesta
inferioridad de la mujer en ambos sentidos.
El siglo XVIII, el inmediatamente anterior
al siglo en que le toca vivir a José Martí,
y que es tan importante en la Historia por la
ebullición y la explosión de las ideas de libertad,
igualdad y fraternidad, casi no ofrece ningún
avance para las mujeres, al contrario, se reafirma
su condición subordinada.
La Revolución Francesa, la Revolución
por excelencia, establece que todos son ciudadanos
y como tales están llamados a ejercer
derechos políticos, excepto los condenados por
pena infamante, “los deficientes mentales”, los
menores y las mujeres.
Varias mujeres que reclaman sus derechos
ciudadanos, en el contexto de la Revolución
Francesa, son ejecutadas en la guillotina.
Rousseau enuncia: “Al hombre le corresponde
el imperio del cerebro y a la mujer el del
corazón. En todas las relaciones puras y legítimas
—como hija, hermana, esposa o madre—
la mujer es la ayudante del hombre” (Citado por
García P. Evangelina, 1997: 60).
Las francesas obtienen el pleno derecho
a la enseñanza primaria en 1850, sólo tres años
antes del nacimiento de Martí.
A finales del siglo XIX, el pensador más
dominante en Occidente, y contemporáneo de
Martí, Herbert Spencer, sentencia que “... por
la menor dimensión del cerebro femenino... el
espacio de la mujer es el espacio doméstico...”
Por la misma época en que Spencer
emite este enunciado, Martí afirma: “No es que
[le] falte a la mujer capacidad alguna de las que
posee el hombre, sino que su naturaleza fina
y sensible le señala quehaceres más difíciles y
superiores”. Es febrero del año 1887 (Martí: O.C.
t.11, 1975: 135).
En la actualidad, investigadoras como
María Pilar Matud, Carmen Rodríguez y otras,
al hacer un recuento de los aportes de diversas
investigaciones en torno a la psicología del
género, señalan que no se encuentran diferencias
importantes que permitan afirmar que
un sexo supera a otro en inteligencia general.
Los únicos hallazgos significativos, reiterados
por diferentes investigaciones, están referidos
a capacidades cognitivas específicas, lo cual es
bastante conocido. Se trata de que las mujeres
muestran mayor habilidad en el campo verbal
y los hombres en los campos numérico y espacial;
y, en general, las mujeres tienen más alto
rendimiento académico pero, de acuerdo con
estas investigadoras, más determinante que el
sexo resultan ser factores de edad, sociales y
culturales, tanto para el desarrollo cognitivo
como para el rendimiento académico (Matud y
otras, 2002: 83).
LA EVOLUCIÓN DE JOSÉ MARTÍ EN SU CONCEPTO DE LA MUJER
José Martí, sin los conocimientos que hoy
tenemos en ciencias cognoscitivas, intuye, como
vimos anteriormente, que además de capacidades
intelectivas, la mujer posee una que podríamos
llamar, inteligencia sensible, que la capacita
para quehaceres difíciles y superiores.
Este concepto es bastante avanzado
para la época, en la cual tanto en la medicina,
como en la naciente ciencia social, se
imponen corrientes que afirman la inferioridad
de la mujer. Sin embargo, la evolución
del concepto de la mujer en el pensamiento y
en la visión de José Martí, es complejo. Es sin
duda un asunto difícil para él. Como señala
Luis Toledo, Martí está condicionado por
la época, como nos sucede a todos los seres
humanos con el momento de la historia en
que nos toca vivir.
Son fuertes en el siglo XIX las ideas y la
exigencia social de que la mujer se mantenga
en el hogar, en el espacio de lo privado, como
única forma de conservarse virtuosa y pura,
pues fuera de él está el peligro, el riesgo de perder
la pureza, y exponerse al desprecio y a todo
tipo de vejaciones.
En la misma crónica de febrero del 87, en
que Martí emite aquellos conceptos en torno a
la capacidad de la mujer, señala que en Estados
Unidos hay mujeres banqueras, ferrocarrileras
y empresarias, y que a tanto llega la variedad
e importancia de su acción, que casi todos los
diarios han fundado una sección sobre “lo que
hacen las mujeres”, o “las mujeres en el comercio
y en la política”, pero opina que ninguna de estas
damas despierta el cariño que se le manifiesta a
la esposa del Presidente, que a la faena ingrata de
trabajar como el hombre, prefiere la de consolarlo,
lo cual Martí valora como más útil y difícil
(Ibidem).
Según iremos corroborando, aunque un
concepto positivo de la mujer va ascendiendo
en el pensamiento y en la valoración de Martí,
hay en él una idea que vuelve una y otra vez: la
necesidad, incluso la urgencia, de superación de
la mujer, pero en función del hombre; idea que
sólo parece abandonar al final de su vida, como
veremos más adelante.
En 1889, Martí escribe la revista La edad
de oro, una obra dirigida a los niños y a las
niñas de América. Hoy es un clásico de la literatura.
La calidad de este texto muestra conocimiento
por parte del autor de la capacidad de
los niños y de las niñas, y del respeto que tiene
por la inteligencia de los infantes. La edad de
oro quizá sea uno de los primeros textos en la
historia en que el escritor se dirige explícitamente
a “los niños” y a “las niñas”, y no al genérico
“niños”, forma en que aún hoy nos cuesta
expresarnos.
En esta obra, Martí les dice a sus pequeños
lectores:
Las niñas deben saber lo mismo que los
niños, para poder hablar con ellos como
amigos cuando vayan creciendo; como
que es una pena que el hombre tenga
que salir de su casa a buscar con quien
hablar, porque las mujeres de la casa no
sepan contarle más que de diversiones y
de modas (Martí, 2003: 10).
Es claro que se trata de la adquisición
del conocimiento por parte de las mujeres en
función del hombre, sin embargo, este sólo
hecho constituye un avance para su época, en
la cual no se les consideraba capaces de acceder
al ámbito intelectual, y es mayor el avance
al valorarlas con más capacidad mental que el
hombre. En este mismo preámbulo a La edad
de oro, Martí vuelve sobre este tema cuando
informa que cada seis meses, la Revista hará
competencias de composiciones, y que “¡De
seguro que van a ganar las niñas!” (Ibidem:10).
Como antes señalamos, hoy se ha establecido,
científicamente, esa preeminencia de la
mujer en inteligencia verbal.
¿Hay en estos conceptos de Martí una
posición biologista con respecto a la mujer, tan
en boga en el siglo XIX? Es claro que Martí, al
menos, se encontraba remontando tal visión,
probablemente sin plena conciencia de ello, puesto
que en la misma Revista afirma que “... el niño
nace para caballero y la niña nace para madre”.
Pero al continuar indagando en sus
textos, algunos cercanos al periodo de nuestro
corpus, parece, más bien, que busca y concibe
en la pareja una igualdad espiritual e intelectual.
Hay un concepto de amor de pareja como amor
entre iguales, con lo que muestra entender que
hay igual dignidad en los dos sexos.
Obsérvese este juicio de 1884, congruente
con el que emite cinco años después en La
Edad de Oro. Razona lo siguiente refiriéndose
al hombre:
Que no sean la compasión, el deber y el
hábito lo que a su esposa lo tenga unido;
sino una inefable compenetración de
espíritu, que no quiere decir servil acatamiento
de un cónyuge a las opiniones del
otro: antes está el sabroso apretamiento
de las almas en que sean semejantes
sus opiniones, capacidades y alimentos,
aun cuando sus pareceres sean distintos
(Martí. t.8: 444).
Aquí deja claro que concibe la igualdad
de capacidades entre el hombre y la mujer,
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Rev. Ciencias Sociales Universidad de Costa Rica, 116: 103-111/2007 (II). (ISSN: 0482-5276)
la necesidad de que reciban el mismo alimento
espiritual, entendemos la misma instrucción
y educación, y hay algo más y de especial
importancia para la época, concibe y acepta la
independencia de criterios entre el hombre y la
mujer.
Luis Toledo advierte una afirmación de
Martí de 1891, (que también había llamado la
atención de Armando Guerra en 1933), en el
sentido de que él no había llegado “a ideas bien
seguras” en torno a la educación de la mujer,
afirmación antecedida por esta otra: “Ahí [se
refiere a las mujeres] caben todas las ilusiones y
todas las experiencias” (Martí, 1975 t. 20: 384).
¿Qué razones no le permiten llegar “a
ideas bien seguras” con respecto a la educación
de la mujer, después de demostrar que la concibe
igual al hombre e incluso superior en capacidades
intelectuales?
Es probable que la barrera más importante
fueron sus construcciones mentales,
culturales, los estereotipos heredados, aquel
sentimiento de que abrir el mundo público
a la mujer era poner en riesgo su pureza, su
integridad, aunque hubiera afirmado que la
mujer instruida “será más pura”. Luis Toledo
señala que: “La falta del sistema que sitúe a la
mujer en su justo derecho de igualdad también
influye, por su lado, en la visión que se tenga de
sus posibilidades. De esta influencia no escapa
Martí” (Toledo, 1977: 222).
Sin embargo, a lo largo de todo el periodo
de nuestro estudio, escribe para elogiar una y
otra vez, entusiastamente en algunos casos, a las
mujeres escritoras, educadoras, abogadas. Llega
a afirmar, incluso, que en Estados Unidos, cada
vez más, los puestos de jueces están siendo ocupados
por mujeres, y que esto garantiza mayor
honestidad en el Poder Judicial. Cuando en los
colegios destacan las mujeres sobre los hombres
en el rendimiento académico, él lo resalta en sus
escritos, lo cual hace en varias ocasiones.
Ahora bien, cómo piensa Martí acerca de
un tema tan difícil, aún hoy, que es el de la participación
de la mujer en la vida política, en el
llamado espacio de lo público. Aquí es donde las
mujeres encontramos las barreras más difíciles
de remontar.
Martí llega a Estados Unidos en 1880.
El movimiento sufragista de las mujeres se
encuentra en pleno apogeo; es un fenómeno
casi desconocido en América Latina, de donde
procede Martí. Las mujeres estadounidenses
habían estado reclamando sus derechos ciudadanos
de una forma beligerante y orgánica
desde 1818, articuladas con las iniciativas
antiesclavistas, aunque sus primeras luchas
datan del siglo XVII. A la llegada de Martí, hacía
cerca de 10 años que el primer Estado, el de
Wyoming, había concedido a las mujeres el
derecho al sufragio. En otros estados, las mujeres
se aprestan a participar en la lucha electoral
por primera vez.
Martí observa y escribe, para diversas
revistas y periódicos, en torno a las mujeres y a
su papel en la vida política. Una de sus primeras
crónicas al respecto, es del 21 de mayo de 1887.
Narra la primera votación en Kansas, con derecho
al voto y con postulaciones femeninas.
Su impresión es bastante negativa, no
porque se oponga al derecho de la mujer al
sufragio, sino porque piensa que no se le concede
por humanidad, sino por el interés mezquino
de los hombres del Partido Republicano de
obtener los votos de las mujeres para sus propósitos
personales y político-electorales (Martí,
1975, t.11: 185).
Ciertos valores de la sociedad estadounidense,
ligados al afán mercantil excesivo, son
rechazados por Martí, de manera pública, desde
los primeros momentos de su prolongada estancia
de 15 años en este país.
Él tiene la oportunidad de conocer, en
todo su rigor, esta cultura mercantil cuando
se funda Oklahoma, podría decirse que con
sangre y fuego, y campean, de acuerdo con su
punto de vista, la corrupción, las injusticias, el
irrespeto a la Ley y los intereses de las grandes
corporaciones. Martí observa, permanentemente,
los negocios, la vida de los partidos políticos,
el desarrollo infraestructural y los diversos
acontecimientos de la América anglosajona. En
relación con el discurrir de la sociedad estadounidense,
escribe frecuentemente y hace notar
la preeminencia de los valores mercantiles en
este país, que le resulta incomprensible y ajeno,
como señala Luis Toledo.
En la referida elección de Kansas destaca
una mujer, Helen Gongar. Martí valora su participación
en estos duros términos: “¿Por qué ha
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de espantar a esta mujer la política? La política,
tal como se la practica ahora, ¿qué es más que
mujer? Todo se hace en ella a hurtadillas, con
insinuaciones, con rivalidades, con chismes...”
Continúa diciendo que los hombres actúan con
máscaras, que quien se asoma a la política con
amor a la patria es escarnecido, aislado, acorralado
(Martí, 1975 t. 11: 185).
Una lectura ligera de esta crónica, da la
impresión de que Martí es enemigo de las mujeres,
y enemigo de sus derechos ciudadanos;
pero al leerla en contexto, salta la razón de su
desacuerdo: es contra la compra-venta de los
votos, contra los disvalores reinantes en aquella
elección, y de los cuales, considera él, es parte
la señora Gongar. Concluye esta misma crónica
elogiando, en términos generales, la participación
de las mujeres: por su fuerza apostólica,
dice, su brío en la denuncia de bares y lugares
odiosos. Señala que muchas mujeres obtuvieron
puestos públicos, y que en uno de los municipios,
casi queda el ayuntamiento integrado
sólo por mujeres (Ibidem: 187).
Como puede observarse, la aprobación o
desaprobación por parte de Martí de la participación
política de las mujeres en estas justas en
Estados Unidos, está en dependencia de una cuestión
que es central en su vida, la ética, su ética.
Y es por esta razón que, a pesar de su rechazo a
la líder, hace, finalmente, un balance positivo de
la participación femenina, por su garra y compromiso,
por su lucha contra los lugares de vicio,
con lo cual es claro que simpatiza.
La crónica de la elección de Kansas, como
ya señalamos, es del 21 de mayo del 87. Cerca de
tres meses después, el 10 de agosto, Martí escribe
otra crónica en la cual se refiere a la visita
de unas cien damas al Corregidor de Brooklyn,
quien se opone a la participación de las mujeres
en las juntas de las escuelas. Señala en esta
crónica que se da un debate entre las mujeres
y el corregidor, y que ellas arguyen con mejor
palabra que él, que ellas que son madres conocen
mejor de los asuntos relativos a la educación, que
ni en un Senado se escuchan debates tan lógicos
y que el corregidor “se revolvía en su asiento”, sin
hallar una razón para oponérseles (Martí, 1975,
t. 11: 216-217).
Se observa, en este caso, que Martí reconoce
que el espacio privado, el hogar, le da
propiedad a la mujer para el manejo de temas
de orden público.
Y es que este punto es de la mayor importancia,
si lo vemos a la luz de determinadas
concepciones actuales.
En la concepción biologista, las relaciones
de poder que se dan entre los géneros,
determinan una rígida división del trabajo, con
pautas excluyentes para uno y otro sexo, según
ámbitos separados y distintos: lo público como
dominio del género masculino y lo privado
como ámbito de lo femenino. El público es el
ámbito que goza de reconocimiento y prestigio,
y es donde se asienta el poder, entendido este,
de acuerdo con Evangelina García, como la
“capacidad para determinar el comportamiento
de las otras personas o como el ejercicio del
dominio en relación con otros...”. En el ámbito
público, se actúa como individuo, se da el
principio de la individuación, cada quien vale
y se destaca como individuo, como la persona
que es; en el espacio privado rige la indiferenciación,
la masa de las mujeres, señala García
(1997: 41, 47, 54).
Esta misma teórica afirma que una de
las mayores novedades y mayores aportes de
la teoría del género, es el haber demostrado el
“... carácter falsamente no político o no público
de lo doméstico [de lo privado]...” (Ibidem: 54).
En otras palabras, lo privado es también
público. Lo doméstico es objeto de atención
y de regulación pública, se constituye y debe
funcionar según la ley. Señala García que lo
doméstico no es un espacio extrasocietario, que
exista cultural y normativamente desarticulado
de las otras esferas de la vida social. Desde lo
público se establecen derechos y deberes de las
personas que actúan en el espacio privado. Por
ejemplo, el Código Civil de Guatemala norma
taxativamente el sometimiento de las mujeres a
la autoridad del marido (Ibidem: 54, 55).
Lo privado, por lo tanto, también es
espacio de expresión de los poderes públicos
y del poder masculino, de lo establecido por
poderes tan altos y tan públicos como el Poder
Legislativo y el Poder Judicial.
En razón de lo anterior, tenemos que el
poder masculino rige tanto en el espacio llamado
público como en el espacio llamado privado,
y que no corresponde a la realidad eso de que
la mujer es “la reina del hogar”; pero, también,
tenemos que si lo privado es público, entonces
la mujer tiene la necesidad y es justo que tenga
el derecho de participar y tomar decisiones en
el ámbito llamado público, porque desde este se
determinan sus deberes y derechos en el espacio
de lo privado. Y tenemos algo más: que la experiencia
del hogar ofrece a la mujer determinada
propiedad para asumir con éxito los asuntos del
orden llamado público.
José Martí en su evolución del concepto
de la mujer, cada vez más positivo para este
género, en crónica del 8 de agosto del 1887, tres
meses después de aquella crónica negativa en
torno a la líder Hellen Gongar, escribe en relación
con otra elección en el mismo estado de
Kansas y señala:
“¿A qué esconderlo? Las mujeres acaban
de ser en Kansas y en Texas las vencedoras”. Y
transcribe conceptos altamente positivos para
las mujeres, emitidos por periódicos estadounidenses,
los cuales juzgan que actuaron con
inteligencia, con conocimiento de la Ley, con
elocuencia, con dignidad. Destaca Martí a
Mrs. Salters, nombrada como Mayor en el
pueblo de Argonia en Kansas. Dice de ella que
sabe presidir, que conoce la Ley, que la naturaleza
le dio luces y que se expresa con lógica
y cordura. Destaca que tiene veintisiete años
y es madre de cuatro hijos, y que también
atiende y sabe llevar su hogar (Martí, 1975, t.
11: 257).
No podemos afirmar que José Martí en
su evolución ascendente en el concepto positivo
de las mujeres, se adelantara a la teoría actual
del género, y que explícitamente enunciara que
al ser también público el espacio privado, las
mujeres adquirieran recursos para actuar con
éxito en el espacio público, pero sí se puede afirmar
que, al menos, lo intuye, y que tras determinados
conceptos suyos en torno a la participación
política de la mujer, hay una especie de
conciencia de que el hogar dota a la mujer de
valores, experiencias y aprendizajes útiles para
actuar apropiadamente en el llamado espacio
público.
Veamos estas manifestaciones de una
crónica de la elección en Dakota, ya del año 89,
casi dos años después de aquellas primeras crónicas
en torno al sufragio femenino. Expresa:
... Lo real en el voto fue la pelea por la
ciudad capital, y el empeño de la mujer
en que se levante el Estado sobre el
hogar, y no sobre la taberna (Ibidem, t.
12: 348).
Obsérvese que el hogar ha sido tradicional
y culturalmente el espacio de las mujeres, y
la taberna espacio de los hombres, sobre todo,
en el tiempo en que Martí emite esos conceptos.
Én esta crónica, Martí simpatiza con la
lucha de las mujeres por prohibir la venta de
licor; la forma como lo expresa, además de señalar
que el alcoholismo constituye una tragedia
en los hogares, sugiere que la experiencia de
ellas en el hogar las capacita, y les da autoridad
moral para asumir posiciones de orden público.
El ya había adelantado este punto de vista
en aquella crónica del 87, en que afirma, como
ya vimos, que la experiencia doméstica de las
mujeres, las hace aptas para tomar decisiones
públicas en torno a la educación, y que ellas
lo demostraron al argumentar sobre este tema
frente al corregidor.
Poco a poco, Martí, quizá sin plena conciencia
de ello, va emitiendo juicios más positivos
en torno a la participación pública de las
mujeres. Pareciera que es la misma actuación
destacada de ellas, lo que motiva su evolución.
Pero lo que resulta más interesante es lo
que parece ser su cambio más radical en favor
de las mujeres: su concepción de las razones
por las cuales la mujer debe prepararse y salir
del hogar al mundo del trabajo. Subrayamos
que pareciera un cambio radical, porque ocurre
pocos días antes de su muerte, y por lo tanto,
no existió la ocasión de conocer un desarrollo
posterior de aquellos conceptos.
Se trata de una carta escrita a su hija
espiritual María Mantilla, en la cual ya no
expresa aquella idea constante, de escritos anteriores,
de que la mujer debe formarse en función
de la dicha del hombre de tener con quién
compartir conversaciones inteligentes, sino que
privilegia la idea de que su formación está en
función de su independencia y de su realización
como persona.
Veamos de manera directa sus palabras
en esta carta del 1 de abril de 1895, cerca de un
mes antes de su muerte, como ya señalamos:
Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan
lejos? Piensa en la verdad del mundo, en
saber, en querer, —en saber, para poder
querer, [...] ¿Se prepara a la vida, al trabajo
virtuoso e independiente de la vida,
para ser igual o superior a los que vengan
luego, cuando sea mujer, a hablarle de
amores— a llevársela a lo desconocido,
o a la desgracia [...] ¿Piensa en el trabajo,
libre y virtuoso [...] para no tener que
vender la libertad de su corazón y su hermosura
por la mesa o por el vestido? Eso
es lo que las mujeres esclavas, —esclavas
por su ignorancia y su incapacidad de
valerse—, llaman en el mundo ‘amor’...
(Martí, 1993: 145).
La carta continúa con detalles minuciosos
con respecto a cómo debían formarse
la niña y su madre, con el fin de fundar una
escuela privada de alta calidad de la cual pudieran
vivir con independencia. Dicho sea de paso,
asombra ese nivel de detalle en un tema ajeno a
la guerra, cuando en aquel momento se encuentra
prácticamente en el escenario de la guerra
de independencia, con las responsabilidades y
urgencias que vive quien como él la está dirigiendo.
Como puede observarse, la educación
que propone para su hija espiritual, ya no es en
función del hombre, sino lo contrario: para que
se libre de la esclavitud que un hombre pudiera
imponerle, debido a su ignorancia y su a falta de
independencia económica.
Conclusiones
Al llegar a este punto, podemos exponer
nuestras conclusiones. Lo primero que hay que
resaltar es que nuestra pesquisa no nos permite
más que fundamentar hipótesis. Martí no escribe
de manera orgánica en torno a este tema,
sino que hay que encontrarlo disperso a lo largo
de su extensa obra, y esto dificulta llegar a conclusiones
definitivas, salvo que podamos profundizar
más los estudios y ampliar el corpus
que hemos estudiado.
Empero lo anterior, podemos concluir
que Martí evoluciona de un concepto más
conservador hacia un concepto bastante más
abierto y positivo de la mujer. Que el accionar
público de las mismas mujeres influye en su
evolución positiva del concepto de la mujer.
Que su evolución no es estrictamente lineal,
pues en ciertos momentos vuelve sobre la idea
de que la educación de la mujer es necesaria
para que el hombre tenga una compañera interesante,
con la cual alternar intelectualmente,
aunque al final de su vida muestra un cambio
bastante radical precisamente en este sentido.
Que no sólo acepta, sino que también aplaude la
utilidad social y la propiedad con que se desenvuelven
las mujeres en el espacio público. Que
intuye que la experiencia en el espacio privado
dota a las mujeres de valores y conocimientos
que les permiten desenvolverse con solvencia en
el espacio público. Que su pensamiento con respecto
a la mujer se distancia considerablemente
de las posiciones biologistas prevalecientes en
su época.
Que en lo fundamental, su concepto de
la mujer es el siguiente: La mujer posee, básicamente,
las mismas capacidades de que goza
el hombre, y es superior en algunos aspectos.
Lo ha mostrado en distintos campos. En el
ejercicio de las funciones públicas muestra
capacidad y solvencia. La experiencia del hogar
la capacita para un ejercicio adecuado en el
ámbito público. La mujer debe mantenerse
virtuosa, es preciso que se eduque para que
su pareja tenga el goce de poder alternar sustancial
e inteligentemente con ella, y también
para que pueda ser independiente y respetada,
y pueda evitar la esclavitud que significa
depender materialmente del hombre.
Consideramos que sería valioso que el
tema del concepto de la mujer en José Martí
tuviera un abordaje desde una perspectiva psicológica.
Los aportes de Gonzalo de Quesada
y de Alejandra Torres, desde este ángulo, son
reveladores de lo útil que podría resultar esta
línea de investigación.
Asimismo, consideramos que un estudio
a profundidad de la participación de las mujeres
en el Partido Revolucionario Cubano, fundado y
dirigido por Martí, puede ser bastante revelador
del concepto que él tenía de la participación
femenina en el orden público, pues se trata de
cómo actuó al respecto en la práctica.
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Relación de notas.
Rev. Ciencias Sociales Universidad de Costa Rica, 116: 103-111/2007 (II). (ISSN: 0482-5276)
Evolución del concepto de la mujer
en José Martí 1887-1895
Olga Marta Rodríguez Jiménez
Escuela de Estudios Generales e Inst ituto
de Investigaciones Psicológicas, ambos de la
Universidad de Costa Rica.
orodriguezj@costarricense.cr
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