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I
Yo soy un
hombre sincero
De donde crece la palma.
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Yo vengo
de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
Yo sé los
nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.
Yo he visto
en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.
Alas nacer
vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros,
Volando las mariposas.
He visto
vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.
Rápida, como
un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos: Cuando
murió el pobre viejo, Cuando
ella me dijo adiós.
Temblé una
vez -en la reja,
A la entrada de la viña,-
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.
Gocé una
vez, de tal suerte
Que
gocé cual nunca: -cuando La
sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.
Oigo un suspiro,
a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro. -es
Que mi hijo va a despertar.
Si dicen
que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.
Yo he visto
al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.
Yo sé bien
que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.
Yo he puesto
la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.
Oculto en
mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.
Todo es hermoso
y constante, Todo
es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.
Yo sé que
el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto, -
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.
Callo, y
entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.
II
Yo sé de
Egipto y Nigricia,
Y de Persia y Xenophonte;
Y prefiero la caricia
Del aire fresco del monte.
Yo sé de
las historias viejas
Del hombre y de sus rencillas;
Y prefiero las abejas
Volando en las campanillas.
Yo sé del
canto del viento
En las ramas vocingleras:
Nadie me diga que miento,
Que lo prefiero de veras.
Yo sé de
un gamo aterrado
Que vuelve al redil, y expira, -
Y de un corazón cansado
Que muere oscuro y sin ira.
III
Odio la máscara
y vicio
Del corredor de mi hotel:
Me vuelvo al manso bullicio
De mi monte de laurel.
Con los pobres
de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar.
Denle al
vano el oro tierno
Que arde y brilla en el crisol:
A mí denme el bosque eterno
Cuando
rompe en él el Sol.
Yo he visto
el oro hecho tierra
Barbullendo en la redoma:
Prefiero estar en la sierra
Cuando vuela una paloma.
Busca el
obispo de España
Pilares para su altar;
¡En mi templo, en la montaña,
El álamo es el pilar!
Y la alfombra
es puro helecho,
Y los muros abedul,
Y la luz viene del techo,
Del techo de cielo azul.
El obispo,
por la noche,
Sale, despacio, a cantar:
Monta, callado, en su coche,
Que es la piña de un pinar.
Las jacas
de su carroza
Son dos pájaros azules:
Y canta el aire y retoza,
Y cantan los abedules.
Duermo en
mi cama de roca
Mi sueño dulce y profundo:
Roza una abeja mi boca
Y crece en mi cuerpo el mundo.
Brillan las
grandes molduras
Al fuego de la mañana,
Que tiñe las colgaduras
De rosa, violeta y grana.
El clarín,
solo en el monte,
Canta al primer arrebol:
La gasa del horizonte
Prende, de un aliento, el Sol.
¡Díganle
al obispo ciego,
Al viejo obispo de España
Que venga, que venga luego,
A mi templo, a la montaña!
IV
Yo visitaré
anhelante
Los rincones donde a solas
Estuvimos yo y mi amante
Retozando con las olas.
Solos los
dos estuvimos,
Solos, con la compañía
De dos pájaros que vimos
Meterse en la gruta umbría.
Y ella, clavando
los ojos,
En la pareja ligera,
Deshizo los lirios rojos
Que le dio la jardinera.
La madreselva
olorosa
Cogió con sus manos ella,
Y una madama graciosa,
Y un jazmín como una estrella.
Yo quise,
diestro y galán,
Abrirle su quitasol;
Y ella me dijo: "¡Qué afán!
¡Si hoy me gusta ver el Sol!"
"Nunca más
altos he visto
Estos nobles robledales:
Aquí debe estar el Cristo,
Porque están las catedrales."
"Ya sé dónde
ha de venir
Mi niña a la comunión;
De blanco la he de vestir
Con un gran sombrero alón."
Después,
del calor al peso,
Entramos por el camino,
Y nos dábamos un beso
En cuanto sonaba un trino.
¡Volveré,
cual quien no existe,
Al lago mudo y helado:
Clavaré la quilla triste:
Posaré el remo callado!
V
Si ves un
monte de espumas,
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas.
Mi verso
es como un puñal
Que por el puño echa flor:
Mi verso es un surtidor
Que da un agua de coral.
Mi verso
es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo.
Mi verso
al valiente agrada:
Mi verso, breve y sincero,
Es del vigor del acero
Con que se funde la espada.
VI
Si quieren
que de este mundo
Lleve una memoria grata,
Llevaré, padre profundo,
Tu cabellera de plata.
Si quieren,
por gran favor,
Que lleve más, llevaré
La copia que hizo el pintor
De la hermana que adoré.
Si quieren
que a la otra vida
Me lleve todo un tesoro,
¡Llevo la trenza escondida
Que guardo en mi caja de oro!
VII
Para Aragón,
en España
Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón,
Franco, fiero, fiel, sin saña.
Si quiere
un tonto saber
Por qué lo tengo, le digo
Que allí tuve un buen amigo,
Que allí quise a una mujer.
Allá, en
la vega florida
La de la heroica defensa,
Por mantener lo que piensa
Juega la gente la vida.
Y si un alcalde
lo aprieta
O lo enoja un rey cazurro,
Calza la manta el baturro
Y muere con su escopeta.
Quiero a
la tierra amarilla
Que baña el Ebro lodoso:
Quiero el Pilar azuloso
De Lanuza y de Padilla.
Estimo a
quien de un revés
Echa por tierra a un tirano:
Lo estimo, si es un cubano;
Lo estimo,
si aragonés.
Amo los patios
sombríos
Con escaleras bordadas;
Amo las naves calladas
Y los conventos vacíos.
Amo la tierra
florida,
Musulmana o española,
Donde rompió su corola
La poca flor de mi vida.
VIII
Yo tengo
un amigo muerto
Que suele venirme a ver:
Mi amigo se sienta, y canta;
Canta en voz que ha de doler.
"En un ave
de dos alas
"Bogo por el cielo azul:
"Un ala del ave es negra
"Otra de oro Caribú.
"El corazón
es un loco
"Que no sabe de un color:
"O es su amor de dos colores,
"O dice que no es amor.
"Hay una
loca más fiera
"Que el corazón infeliz:
"La que le chupó la sangre
"Y se echó luego a reír.
"Corazón
que lleva rota
"El ancla fiel del hogar,
"Va como barca perdida,
"Que no sabe a dónde va."
En cuanto
llega a esta angustia
Rompe el muerto a maldecir:
Le amanso el cráneo: lo acuesto;
Acuesto
el muerto a dormir.
IX
Quiero,
a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.
Eran de lirios
los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.
... Ella
dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Iban cargándola
en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.
...Ella,
por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Como de bronce
candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!
...Se entró
de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.
Allí, en
la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Callado,
al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!
X
El alma
trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho
bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.
Ya llega
la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un
sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!
Se ve, de
paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora;
Y como nieve la oreja.
Preludian,
bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando,
la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta;
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con
los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado te corazones.
Y va el convite
creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.
Súbito, de
un salto arranca;
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo
cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.
Recoge, de
un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...
Baila muy
bien la española;
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca, a su rincón
El alma trémula y sola!
XI
Yo tengo
un paje muy fiel
Que me cuida y que me gruñe,
Y al salir, me limpia y bruñe
Mi corona de laurel.
Yo tengo
un paje ejemplar
Que no come, que no duerme,
Y que se acurruca a verme
Trabajar, y sollozar.
Salgo, y el
vil se desliza
Y en mi bolsillo aparece;
Vuelvo, y el terco me ofrece
Una taza de ceniza.
Si duermo,
al rayar el día
Se sienta junto a mi cama:
Si escribo, sangre derrama
Mi paje en la escribanía.
Mi paje,
hombre de respeto,
Al andar castañetea:
Hiela mi paje, y chispea:
Mi paje es un esqueleto.
XII
En el bote
iba remando
Por el lago seductor
Con el sol que era oro puro
Y en el alma más de un sol.
Y a mis pies
vi de repente,
Ofendido del hedor,
Un pez muerto, un pez hediondo
En el bote remador
XIII
Por donde
abunda la malva
Y da el camino un rodeo,
Iba un ángel de paseo
Con una cabeza calva.
Del castañar
por la zona
La pareja se perdía:
La calva resplandecía
Lo mismo que una corona.
Sonaba el
hacha en lo espeso
Y cruzó un ave volando:
Pero no se sabe cuándo
Se dieron el primer beso.
Era rubio
el ángel; era
El de la calva radiosa,
Como el tronco a que amorosa
Se prende la enredadera.
XIV
Yo no puedo
olvidar nunca
La mañanita de otoño
En que le salió un retoño
A la pobre rama trunca.
La mañanita
en que, en vano,
Junto a la estufa apagada,
Una niña enamorada
Le tendió al viejo la mano.
XV
Vino el
médico amarillo
A darme su medicina,
Con una mano cetrina
Y la otra mano al bolsillo:
¡Yo tengo
allá en un rincón
Un médico que no manca
Con una mano muy blanca
Y otra mano al corazón!
Viene, de
blusa y casquete,
El grave del repostero,
A preguntarme si quiero
O Málaga o Pajarete:
¡Díganle
a la repostera
Que ha tanto tiempo no he visto,
Que me tenga un beso listo
Al entrar la primavera!
XVI
En el alféizar
calado
De la ventana moruna,
Pálido como la luna,
Medita un enamorado.
Pálida, en
su canapé
De seda tórtola y roja,
Eva, callada, deshoja
Una violeta en el té.
XVII
Es rubia:
el cabello suelto
Da más luz al ojo moro:
Voy, desde entonces, envuelto
En un torbellino de oro.
La abeja
estival que zumba
Más ágil por la flor nueva,
No dice, como antes, "tumba":
"Eva" dice: todo es "Eva".
Bajo, en
lo oscuro, al temido
Raudal de la catarata:
¡Y brilla el iris, tendido
Sobre las hojas de plata!
Miro, ceñudo,
la agreste
Pompa del monte irritado:
¡Y en el alma azul celeste
Brota un jacinto rosado!
Voy, por
el bosque, a paseo
A la laguna vecina:
Y entre las ramas la veo,
Y por el agua camina.
La serpiente
del jardín
Silba, escupe, y se resbala
Por su agujero: el clarín
Me tiende, trinando, el ala.
¡Arpa soy,
salterio soy
Donde vibra el Universo:
Vengo del sol, y al sol voy:
Soy el amor: soy el verso!
XVIII
El alfiler
de Eva loca
Es hecho del oro oscuro
Que le sacó un hombre puro
Del corazón de una roca.
Un pájaro
tentador
Le trajo en el pico ayer
Un relumbrante alfiler
De pasta y de similor.
Eva se prendió
al oscuro
Talle el diamante embustero:
Y echó en el alfiletero
El alfiler de oro puro.
XIX
Por tus ojos
encendidos
Y lo mal puesto de un broche,
Pensé que estuviste anoche
Jugando a juegos prohibidos.
Te odié por
vil y alevosa:
Te odié con odio de muerte:
Náusea me daba de verte
Tan villana y tan hermosa.
Y por la
esquela que vi
Sin saber cómo ni cuándo,
Sé que estuviste llorando
Toda la noche por mí.
XX
Mi amor del
aire se azora;
Eva es rubia, falsa es Eva:
Viene una nube, y se lleva
Mi amor que gime y que llora.
Se lleva
mi amor que llora
Esa nube que se va:
Eva me ha sido traidora:
¡Eva me consolará!
XXI
Ayer la
vi en el salón
De los pintores, y ayer
Detrás de aquella mujer
Se me saltó el corazón.
Sentada en
el suelo rudo
Está en el lienzo: dormido Al
pie, el esposo rendido:
Al seno el niño desnudo.
Sobre unas
briznas de paja
Se ven mendrugos mondados:
Le cuelga el manto a los lados,
Lo mismo que una mortaja.
No nace en
el torvo suelo
Ni una viola, ni una espiga:
¡Muy lejos, la casa amiga,
Muy triste y oscuro el cielo!...
¡Esa es la
hermosa mujer
Que me robó el corazón
En el soberbio salón
De los pintores de ayer!
XXII
Estoy en
el baile extraño
De polaina y casaquín
Que dan, del año hacia el fin,
Los cazadores del año.
Una duquesa
violeta
Va con un frac colorado:
Marca un vizconde pintado
El tiempo en la pandereta.
Y pasan las
chupas rojas,
Pasan los tules de fuego,
Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.
XXIII
Yo quiero
salir del mundo
Por la puerta natural:
En un carro de hojas verdes
A morir me han de llevar.
No me pongan
en lo oscuro
A morir como un traidor:
¡Yo soy bueno, y como bueno
Moriré de cara al Sol!
XXIV
Sé de un
pintor atrevido
Que sale a pintar contento
Sobre la tela del viento
Y la espuma del olvido.
Yo sé de
un pintor gigante,
El de divinos colores,
Puesto a pintarle las flores
A una corbeta mercante.
Yo sé de
un pobre pintor
Que mira el agua al pintar,-
El
agua ronca del mar,-
Con un entrañable amor.
XXV
Yo pienso,
cuando me alegro
Como un escolar sencillo,
En el canario amarillo,-
¡Que tiene el ojo tan negro!
Yo quiero,
cuando me muera,
Sin patria, pero sin
amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores,- ¡y una bandera!
XXVI
Yo que vivo, aunque me he muerto,
Soy
un gran descubridor,
Porque anoche he descubierto
La medicina de amor.
Cuando
al peso de la cruz
El hombre morir resuelve,
Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
Como
de un baño de luz.
XXVII
El enemigo brutal
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.
Pocos
salieron ilesos
Del sable del español:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.
Pasa,
entre balas, un coche:
Entran, llorando, a una muerta:
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.
No
hay bala que no taladre
El portón: y la mujer
Que llama, me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.
A
la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.
Y
después que nos besamos
Como dos locos, me dijo:
"¡Vamos pronto, vamos, hijo:
La niña está sola: vamos!"
XXVIII
Por la tumba del cortijo
Donde está el padre enterrado,
Pasa el hijo, de soldado
Del invasor: pasa el hijo.
El
padre, un bravo en la guerra,
Envuelto
en su pabellón
Alzase: y de un bofetón
lo tiende, muerto, por tierra.
El
rayo reluce; zumba
El viento por el cortijo:
El padre recoge al hijo,
Y se lo lleva a la tumba.
XXIX
La imagen del rey, por ley,
Lleva el papel del Estado:
El niño fue fusilado
Por los fusiles del rey.
Festejar
el santo es ley
Del rey: y en la fiesta santa
¡La hermana del niño canta
Ante la imagen del rey!
XXX
El
rayo surca, sangriento,
El lóbrego nubarrón:
Echa el barco, ciento a ciento,
Los negros por el portón.
El
viento, fiero, quebraba
Los almácigos copudos;
Andaba la hilera, andaba,
De los esclavos desnudos.
El
temporal sacudía
Los barracones henchidos:
Una madre con su cría
Pasaba, dando alaridos.
Rojo,
como en el desierto,
salió el sol al horizonte:
Y alumbró a un esclavo muerto,
Colgado
a un seibo del monte.
Un
niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen:
¡Y, al pie del muerto, juró
Lavar con su sangre el crimen!
XXXI
Para
modelo de un dios
El pintor lo envió a pedir:-
¡Para eso no! ¡para ir,
Patria, a servirse los dos!
Bien
estará en la pintura
El hijo que amo y bendigo:-
¡Mejor en la ceja oscura,
Cara a cara al enemigo!
Es
rubio, es fuerte, es garzón
De nobleza natural:
¡Hijo, por la luz natal!
¡Hijo, por el pabellón!
Vamos,
pues, hijo viril:
Vamos los dos: si yo muero,
Me besas: si tú... ¡prefiero
Verte muerto a verte vil!
XXXII
En
el negro callejón
Donde en tinieblas paseo,
Alzo los ojos, y veo
La iglesia, erguida, a un rincón.
¿Será
misterio? ¿Será Revelación
y poder?
¿Será, rodilla, el deber
De postrarse? ¿Qué será?
Tiembla
la noche: en la parra
Muerde el gusano el retoño;
Grazna, llamando al otoño,
La hueca y hosca cigarra.
Graznan
dos: atento al dúo
Alzo los ojos y veo
Que la iglesia del paseo
Tiene la forma de un búho.
XXXIII
De
mi desdicha espantosa
Siento, oh
estrellas, que muero:
Yo quiero vivir, yo quiero
Ver a una mujer hermosa.
El cabello,
como un casco,
Le corona el rostro bello:
Brilla su negro cabello
Como un sable de Damasco.
¿Aquélla?...
Pues pon la hiel
Del mundo entero en un haz,
Y tállala en cuerpo, y ¡haz,
Un alma entera de hiel!
¿Esta?...
Pues esta infeliz
Lleva escarpines rosados,
Y los labios colorados,
Y la cara de barniz.
El alma lúgubre
grita:
"¡Mujer, maldita mujer!"
¡No sé yo quién pueda ser
Entre las dos la maldita!
XXXIV
¡Penas! ¿Quién
osa decir
Que tengo yo penas? Luego,
Después
del rayo, y del fuego,
Tendré
tiempo de sufrir.
Yo sé de
un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!
Hay montes,
y hay que subir
Los montes altos; ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir!
XXXV
¿Qué importa
que tu puñal
Se me clave en el riñón?
¡Tengo mis versos, que son
Más fuerte que tu puñal!
¿Qué importa
que este dolor
Seque el mar, y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
Nace alado del dolor.
XXXVI
Ya sé: de
carne se puede
Hacer una flor; se puede,
Con el poder del cariño,
Hacer un cielo, -¡y un niño!
De carne
se hace también
El alacrán; y también
El gusano de la rosa,
Y la lechuza espantosa.
XXXVII
Aquí está
el pecho, mujer,
Que ya sé que lo herirás;
¡Más grande debiera ser,
Para que lo hirieses más!
Porque noto,
alma torcida,
Que en mi pecho milagroso,
Mientras más honda la herida,
Es mi canto
más hermoso.
XXXVIII
¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!; y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error?
Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer?
Pues puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
XXXIX
Cultivo
una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el
cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo la rosa blanca.
XL
Pinta mi
amigo el pintor
Sus angelones dorados,
En nubes arrodillados,
Con soles alrededor.
Pínteme con
sus pinceles
Los angelitos medrosos
Que me trajeron, piadosos,
Sus dos ramos de claveles.
XLI
Cuando me
vino el honor
De la tierra generosa,
No pensé en Blanca ni en Rosa
Ni en lo grande del favor.
Pensé en
el pobre artillero
Que está en la tumba, callado:
Pensé en mi padre, el soldado:
Pensé en mi padre, el obrero.
Cuando llegó
la pomposa
Carta, en su noble cubierta,
Pensé en la tumba desierta,
No pensé en Blanca ni en Rosa.
XLII
En el extraño
bazar
Del amor, junto a la mar,
La perla triste y sin par
Le tocó por suerte a Agar.
Agar, de tanto
tenerla
Al pecho, de tanto verla
Agar, llegó a aborrecerla:
Majó, tiró al mar la perla.
Y cuando
Agar, venenosa
De inútil furia, y llorosa,
Pidió al mar la perla hermosa,
Dijo la mar borrascosa:
"¿Qué hiciste,
torpe, qué hiciste
De la perla que tuviste?
La majaste, me la diste:
Yo guardo la perla triste."
XLIII
Mucho, señora,
daría
Por tender sobre tu espalda
Tu cabellera bravía,
Tu cabellera de gualda:
Despacio
la tendería,
Callado la besaría.
Por sobre
la oreja fina
Baja lujoso el cabello,
Lo mismo que una cortina
Que se levanta hacia el cuello.
La oreja
es obra divina
De porcelana de China.
Mucho, señora,
te diera
Por desenredar el nudo
De tu roja cabellera
Sobre tu cuello desnudo:
Muy despacio
la esparciera
Hilo por hilo la abriera.
XLIV
Tiene el
leopardo un abrigo
En su monte seco y pardo:
Yo tengo más que el leopardo,
Porque tengo un buen amigo.
Duerme,
como en un juguete,
La mushma en su cojinete
De arce del Japón: yo digo:
"No hay cojín como un amigo."
Tiene el
conde su abolengo:
Tiene la aurora el mendigo:
Tiene ala el ave: ¡yo tengo
Allá en México un amigo!
Tiene el
señor presidente
Un jardín con una fuente,
Y un tesoro en oro y trigo:
Tengo más, tengo un amigo.
XLV
Sueño con
claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos; de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!
Mudo, les beso la mano.
¡Hablo con
ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: "¡Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas Venenosas
de sus dueños!
¡Que hablan la lengua podrida
De sus rufianes! ¡Que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!
¡Que pierden en lengua inútil
El último fuego! ¡Dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!"
Échame en
tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce Lo
mismo que un sol!: resuena
La
piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: del soclo
Saltan los hombres de mármol!
XLVI
Vierte, corazón,
tu pena
Donde no se llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.
Yo te quiero,
verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.
Tú me sufres,
tú aposentas
En tu regazo amoroso,
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.
Tú, porque
yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.
Tú, porque
yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.
Mi vida así
se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tu me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.
Y porque
mi cruel costumbre
De echarme en ti te desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;
Porque mis
penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá, lívido, allá rojo,
Blanco allá
como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte,
¿Habré,
como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca me deja?
¡Verso, nos
hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!
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