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Prólogo de José Martí a "Cuentos de hoy y de mañana" de Rafael de Castro Palomino. [*]

"Estos son tiempos de ira y extravío, en que se ve bambolear en el aire como un inmenso edificio que se cuaja y anda buscando asiento, y a las muchedumbres que de antaño gozan y mandan en la tierra, ya alzando insensatas los puños cerrados, como si con sus nudillos roídos de odio pudieran detener el gran palacio humano que desciende, ya ayudando -como ingenieros que buscan en el fondo del río encaje a la mole que sustenta la torre de un puente- a ajustar entre las añejas construcciones ésta nueva que toca a la tierra, incontrastable y confusa, envuelta aún entre sombras de noche y bruma de alba, iluminada a veces -cual suele iluminar la ira el cerebro- por ráfagas inquietas, como hilo de espadas suelto al viento, de luz insana y roja. Las reformas, como el hombre mismo, tienen entrañas de justicia, y veleidades de fiera. Lo justo, a veces, por el modo de defenderlo, parece injusto; y en lo social y político acontece, como en las querellas de gente de mar y de suburbio, que el puñal de ancha hoja con que dirimen sus contiendas de honra, da a éstas semejanza de delito.

De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia. La mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene elementos brutales e injustos. La educación suaviza más que la prosperidad: no esa educación meramente formal, de escasas letras, números dígitos y contornos de tierras que se da en escuelas demasiado celebradas y en verdad estériles, sino aquella otra más sana y fecunda, no intentada apenas por los hombres, que revela a éstos los secretos de sus pasiones, los elementos de sus males, la relación forzosa de los medios que han de curarlos al tiempo y naturaleza tradicional de los dolores que sufren, la obra negativa y reaccionaria de la ira, la obra segura e incontrastable de la paciencia inteligente.

Por educación se ha venido entendiendo la mera instrucción, y por propagación de la cultura la imperfecta y morosa enseñanza de modos de leer y de escribir. Un concepto más completo de la educación pondría acaso rieles a esta máquina encendida y humeante que ya viene rugiendo por la selva, como que trae en sus entrañas los dolores reales, innecesarios e injustos de millones de hombres. Y sería entonces mensajera de vida aquella que ¡guárdenos Dios! se viene encima, a son de tambor de odio, con todos los arreos salvajes de la guerra.

Definir es salvar. Poner al hombre a solas consigo mismo; dejarle en el oído, con solicitud de mensajero celeste, sus propios pensamientos; descorrer ante sus ojos con mano piadosa las cruces melancólicas, los lagos de sangre, el tenebroso descanso, el retardamiento de liberación, con que castiga la razón universal a los impacientes que quieren violentar su firme y progresivo desarrollo; encorvarse sobre la silla en que medita, con su pan negro y su cazuela de barro entre las manos, cercado de su mujer afeada y dormida y de sus hijos entecos y vestidos de misericordia, a explicarle que la tierra fermenta como el mosto en la cuba y la harina en la artesa --que la verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse-- que el espíritu, más vasto que el mar, ni se seca ni se evapora, ni cesa de querer, ni ceja en lo que quiere, y puesto a la conquista de un derecho, mina como la ola salada del mar mina las rocas. esos derechos de convención fortalecidos por los siglos, y acorazados por pechos que el amor al lujo y el desentendimiento criminal de los dolores ajenos petrifica; explicarle que, sin que su trabajo rudo le dé acaso ocasión ni tiempo de entenderlo, o su soledad de verlo, o su ira de reconocerlo, está en pie y lleva estandarte de victoria el ejército que ha de redimir en años breves de su melancólica suerte a aquellos hijuelos abandonados que crecen de él como de vid cansada pálidos racimos; mostrarle, como quien muestra alba formidable, llena toda de bandas de batalla y espíritus alegres, la cohorte de hombres generosos, ungidos con el óleo blanco de las santas guerras, levantados a una, con ese ardiente ímpetu humano que parece divino, al logro justo de una vida espiritual, feliz y sensata que acelere en la obra del Universo la muerte de la fiera y el triunfo del ala; descubrirle ¡oh qué razón de orgullo y prenda de esperanza! a esos fervientes trabajadores del amor, a cuyo empuje poderoso, como aquel perro del Fausto en las cercanías de la colina de la fiesta, bambolean, escarban la tierra y desaparecen en giros diabólicos los encarceladores del alma, y gozadores ociosos de inmerecida riqueza; enseñarles ¡oh qué espectáculo soberbio, digno de Dantes y Tassos nuevos! esos analizadores del cuerpo social, descubridores de leyes universales, señaladores de remedios eficaces y ciertos -aunque al principio de efecto invisible, reveladores de la naturaleza complicada de los pueblos, verdades que surgen de la marcha simultánea de sus elementos diversos, y necesidad de ajustar a ellas -para que no mueran, como feto sacado del seno materno- las reformas más urgentes; revelar, en suma, la ley ineludible, la razón triunfante, el porvenir seguro, la esterilidad de la precipitación, la reacción que acarrea la rebelión inculta, el triunfo definitivo de la calma activa,- es ser caballero de los hombres, obrero del mundo futuro, cantor de alba, y sacerdote de la Iglesia nueva.

Soldado de ese ejército, y oficiador en esa Iglesia, es el autor de este libro: libro sano, libro generoso, libro útil. Si no fuera generoso, no sería útil. Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno suavísimo aroma: el árbol del amor:- ¡de tan robustas y copiosas ramas, que a su sombra se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres! ¡Ya se oyen los sonidos de las liras, con que celebrarán las cercanías del cielo los habitantes de esa formidable Arcadia!

Ni odios, ni intereses, ni preocupaciones, ofuscan el juicio del sensato y modesto autor de los Cuentos de hoy y mañana, libro que divulga en forma amena las razones en pro y en contra de las varias soluciones sociales. Con noble pena ha visto el autor de este libro, la frente arrugada, los puños siempre cerrados, el modo rudo y colérico de los trabajadores, y sus hijitos con los pies desnudos, y las tabernas donde ahogan su encono, y los tugurios donde respiran aire infecto. Con claro juicio ha penetrado en las causas complicadas y añejas, de día en día debilitadas, mas no súbitamente volcables, que sin culpa de los ricos ni amparo suficiente de los pobres, han traído a existir juntos palacios de Quinta Avenida, recamados de oro, y casas de vecindad apretadas y fétidas, a cuyas puertas tenebrosas tiene perpetuamente colgado su manto húmedo la peste. Con avidez generosa ha leído lo que en esta tierra, en cosas de reforma, sabe Nordhof; de Suiza, feliz por sabia, Bunsehli; de Alemania, que reformará la Economía Pública como reformó la Iglesia, Stein: de Inglaterra, que afirmará el triunfo de los reformadores, como afirmó el de los luteranos, Holyoake. Con fidelidad estricta narra la extraña vida y vaga fe de los comunistas varios norteamericanos, ya de los Amanistas cuasi celibatarios, que parecen venidos como hijos de padre, de aquellos Essenes que vivieron indiferentes e inútiles, muchos siglos ha, a la orilla del Mar Muerto; ya de los cultos y sinceros amigos del bondadoso Ripley, comunistas elegantes y atildados, que traen a la memoria a los "Hermanos de la Vida Común" que a Groot seguían quinientos años hace por las tierras gloriosas de Neerlandia; ya los Perfeccionistas abominables de Oneida, que son aquellos mismos antiguos Carpócratas cristianos, que habían logrado sofocar en sus almas esa excelente y nobilísima dote, suma de dignidad y prenda de aristocracia de alma: los celos: -¡partir la mujer, cuando nos parece que de haber sido mirada, ya queda manchada la mujer que amamos!- Y con singular lucidez, afortunado y nuevo medio, fácil y vivo diálogo, precisión a menudo sorprendente, exposición llana, fiel y tersa, y grato y notable conjunto explica a los trabajadores -porque no hay hombre hoy que no lo sea, a no ser un vil, y leer es trabajar- las raíces de sus males; la inconveniencia de deslucir con la ira la justicia; la necesidad de conocer los elementos de un problema para poder resolverlo; las flaquezas de los nobles sistemas ideológicos discurridos para ver de equilibrar y asentar sobre bases menos inseguras, crueles y desproporcionadas la vida humana ; las tentativas varias que con nombre y apariencia de cosa novísima, sacan de las cenizas de edades pasadas reformadores más vehementes que afortunados; los métodos vagos y confusos, como nubes de aurora, ya cercana al día, con que almas evangélicas, movidas del ansia heroica de la redención, procuran resolver de antemano, con prisa saludable que anuncia y espolea, problemas de demasiada monta para que los precipite voluntad alguna aislada. ¡Ay, que las leyes históricas no las tuercen, ni el espectáculo del apostolado, ni las querellas desgarradoras del martirio, ni los febriles ímpetus del genio! ¡Otro manda, y nosotros andamos! ¡Ay, que cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para que con sus acres residuos abone la tierra, y salga de ella fruta sana y nueva! ¡Ay, que los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el rayo, y cuando dejan caer su alma a sus pies, mientras que arteros envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos, ¡pesan ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres!

Los problemas, así, sólo de sí propios se resuelven. Maduran, como las frutas; y no vale apresurar su madurez con artificios. Los problemas que engendran cambios, sobre todo, no se resuelven sino en momentos críticos y extremos, en que accidentes, acaso inesperados y fútiles, ponen en brusco relieve los daños que hacen necesaria la transformación; exacerban y precipitan, a grado de resolución, las cóleras y raciocinios paciente y dolorosamente acumulados, y despiertan de súbito al héroe, dormido siempre en el fondo del hombre.

Como cuerpos que ruedan por un plano inclinado, así las ideas justas, por sobre todo obstáculo y valla, llegan a logro. Será dado precipitar o estorbar su llegada; impedirla, jamás. -Una idea justa que aparece, vence. Los hombres mismos que la sacan de su cerebro, donde la fecundaron con sus dolores, y la alimentan luego que la traen a luz, no pueden apagar sus llamas que vuelan como alas, y abrasan a quien quiere detenerlas. ¿Quién, quién no ha meditado, -que del nombre de hombre quiera ser digno, y no arrastre su vida, como su piel un cerdo,- quién no ha meditado en los visibles y afligentes dolores de los hombres; en las desigualdades injustas de su condición, no fundadas en desigualdades análogas de sus aptitudes; en el contraste ilícito, que quema los ojos, de esas existencias de quirites romanos, empapadas de jugos de flores, y en senos de lúbricas famosas y tentadoras sagas adormecidas, y esas otras bestiales existencias, torcidas de manera que las cabezas de los hombres son en ellas meras cabezas de martillo ? ¿ Quién, de mozo fresco e ingenuo, viendo a ociosos mancebos o a cortejadores viles de doncellas ricas, no ha imaginado manera de anular la herencia, que estimula a la holganza, al egoísmo y al vicio; y la dote, que lleva como de la mano la desventura de la mujer y el rebajamiento del hombre? ¿Quién, con nobles empeños, no ha aderezado a sus solas cuadros de distribución de los productos, de modo que el dueño holgado toque a un poco menos, y el apurado obrero a un poco más ? ¿Quién no ha sentido, una vez al menos en la vida, el beso del apóstol en la frente, y en la mano la espada de batalla? ¿Quién no se ha levantado impetuoso, y retrocedido con desmayo, de ver cuánta barrera cierra el paso a los que sin más caudal que una estrella en la frente y un himno en los labios, quieren lanzarse a encender el amor y a pregonar la redención por toda la tierra? ¿Quién no ha reconstruido en su cerebro la "Utopía" de Moro, y la "Occeana" de Harrington?

Pero a poco que se mira, y se entiende que la construcción artificial y violenta de los pueblos ha creado una justicia relativa ante la cual pudiera parecer, y ser, inaplicable de súbito la justicia absoluta: a poco que se ve en los náufragos y en los famélicos, cómo acelera la muerte antes que mantiene la vida la misma suma de alimento que al hombre sano acomoda y fortalece: a poco que se ve que las convenciones seculares han creado derechos vitales que de un solo tajo no pueden cercenarse, sino que han de abrirse en ellos las heridas con tal método que no se infiera la una hasta que no esté curada un tanto la otra: a poco que se abarca la necesidad de ir deshaciendo, para que no se derrumbe con gran daño y estrépito, por disgregación progresiva lo que por progresiva agregación se ha ido formando, -toman pies aquellas ideas aéreas; refrenan el vuelo, con que de un solo golpe de ala quisieran burlar el implacable, inacortable espacio; y sin poner un punto los ojos fuera del conmovedor espectáculo que les arranca lágrimas, ni ahogar la santa indignación que el irritante desequilibrio social levanta, ni tomar su razón histórica a razón perdurable y legítima, echan humildemente por vías lentas y humanas lo que camino del desierto fuera, a seguir en soledad estéril y augusta por las abandonadas vías apostólica: -que quien quiere triunfar en la tierra, ¡ay! no ha de vivir cerca del cielo.- La victoria está hecha de cesiones.

Y este libro populariza el modo humano con que han de irse resolviendo estos problemas meramente humanos, -otros no: otros se resuelven de otro modo, porque no son de accidencias mudables, sino de esencia, entrañas y eje. Lo que enseña este libro no lo enseña magistrando, y de empinada manera, sino conversando, y en llano lenguaje. Pone de bulto, con personificaciones exageradas y amenas que permiten al autor la concentración rápida y feliz de una secta en un tipo valiente, los dolores reales, las quejas violentas, los reproches injustos, las reclamaciones excesivas, los remedios groseros, las declamaciones comunes, las aspiraciones generosas y rudimentarias. la concepción vulgar de los sistemas sociales. Pónelos de bulto, sin ostentación, reserva, pasiones ni miedos, como de quien ama más que teme, y quiere consolar más que enllagar, y busca más el ajeno bien que el propio, y no se siente atado en lo que dice por ansiosas candidaturas a puestos públicos o a fama. Estima que cuanto es, tiene razón de ser; y apenas cese de tenerla, cesará de ser. Tiene el don raro de descubrir analogías esenciales en las contradicciones aparentes, y fía en el pacífico acercamiento y definitivo consorcio de los intereses que hoy discuten y sólo a observadores ligeros pueden parecer hostiles: si no se han confundido ya, es porque no se ha dado aún con la fórmula. Con tacto desusado, y con sereno juicio, ni a los ricos adula el autor de este libro, ni a los pobres increpa: ni a aquéllos oculta la urgencia de acatar el derecho del hombre a una vida remunerada y noble, ni a éstos esconde cuanto tendría de adementada y sangrienta la tentativa de imponer a una masa rica y fuerte, soluciones confusas o antihumanas, contra las que se encrespa a veces, como corcel de jaique bravo que siente sobre el lomo a ruin zagal, cuanto de personal, volador y soberano encierra el admirable espíritu del hombre. ¡Antes serán los árboles dosel de la tierra y el cielo pavimento de los hombres, que renunciará el espíritu humano a sus placeres de creación, abarcamiento de los espíritus ajenos, pesquisa de la desconocido, y ejercicio permanente y altivo de sí propio! Si la tierra llegara a ser una comunidad inmensa, no habría árbol más cuajado de frutas, que de rebeldes gloriosos el patíbulo. . .

Lo excesivo, no será: pero lo justo, será. Ni lo excesivo asombra al pensador juicioso, que siempre, por ley física de impulso que en ley espiritual tiene su análoga, mientras de más atrás toma vuelo el saltador, más lejos salta. La reacción se extrema siempre en el mismo grado en que se extrema la acción que la provoca: a acción justa, reacción nula; a acción medianamente justa, reacción lenta y blanda; a acción extremadamente injusta, reacción febril y exagerada. Luego, en la prueba práctica, la reacción baja de más en más, al nivel de la acción justa. La revolución quiere alas; los gobiernos pies. ¡No haya empacho ni miedo en bendecir a esos espíritus rebosantes de amor y luminosos, creadores impacientes de sistemas de redención precelestes y oscuros, cuya mayor grandeza deba acaso medirse por su mayor extravagancia! ¡Pues esos son los verdaderos poetas nuevos, y no otros, rimadores enanos de literarias y femeniles novelerías! ¡Pues ésos son el San Juan y el cordero del orbe que avanza, los hombres melancólicos y absortos que preceden siempre, dando voces simpáticas y extrañas, a todos los magníficos sacudimientos en que el alma humana, como estrella que cae rota del cielo en un combate de astros, enciende sobre el universo una época nueva!

La solución, pues, viene de suyo. Cual sea, bueno es discutirla: predecirla, es vano. La que deba ser será. Darle forma prehecha, sería deformarla. Como cada pensamiento trae su molde, cada condición humana trae su expresión propia. Lo que importa no es acelerar la solución que viene: lo que importa es no retardarla.

La reforma social no tiene más que un enemigo, formidable por cierto. "Apresurémonos, decía Lowe a los ingleses, apresurémonos a enseñar a leer a los bárbaros que serán mañana nuestros dueños". -"Apresurémonos, -dice hermosamente el autor de este libro, que con él aliviará heridas, esparcirá verdades y calmará espíritus,- apresurémonos a limpiar de obstáculos el camino de esos hermanos nuestros coléricos, que pudieran llegar a ser, por exceso y falso concepto de justicia, nuestros dueños ciegos, y sus mayores enemigos".

Sobre la tierra no hay más que un poder definitivo: la inteligencia humana. El derecho mismo, ejercitado por gentes incultas, se parece al crimen. Los hombres fuertes que se sienten torpes, se abrazan a las rodillas de los hombres inteligentes, como Hércules montuoso a las rodillas mórbidas de Omphala. La inteligencia da bondad, justicia y hermosura: como un ala, levanta el espíritu; como una corona, hace monarca al que la ostenta; como un crisol, deja al tigre en la taza y da curso feliz a las águilas y a las palomas. Del puña1 hace espada, de la exasperación, derecho; del gobierno, éxito; de lo lejano, cercanía. En el problema moderno, el triunfo rudo de los hombres que tienen de su lado la mayor parte de la justicia, sería a poco la reacción prolongada de los hombres inteligentes que todavía tienen buena parte de la justicia de su lado. Al resplandor del derecho, el abuso ceja, como ruin galancete ante el enojo de una dama pura. Mas si el derecho se echa encima manto de ira, los mismos que el derecho reconocen, se alzarán contra él tristemente, como padre que ata a su hijo loco.

Quien intenta triunfar, no inspire miedo; que nada triunfa contra el instinto de conservación amenazado. Y quien intenta gobernar, hágase digno del gobierno, porque si, ya en él, se le van las riendas de la mano, o de no saber qué hacer con ellas, enloquece, y las sacude como látigo sobre las espaldas de los gobernados, de fijo que se las arrebatan, y muy justamente, y se queda sin ellas por siglos entero". ¡Oh! sépase y dígase: una masa menor de hombres inteligentes que se resisten a reconocer una mejora justa, no podrá contrastar a una masa mayor de hombres inteligentes que traen la forma incruenta de la reforma necesaria: -una masa menor de hombres laxos por el goce, no podrá resistir, a una masa mayor de hombres enérgicos, templados en la privación y en la amargura. La victoria no está sólo en la justicia, sino en el momento y modo de pedirla: no en la suma de armas en la mano, sino en el número de estrellas en la frente.

Y este libro que enseña todo esto, es más que un buen libro: --es una buena acción. Los libros que definen, calman. En toda palabra, ha de ir envuelto un acto. La palabra es una coqueta abominable, cuando no se pone al servicio del honor y del amor."


Relación de notas.

[*] Prólogo a "Cuentos de hoy y de mañana" de Rafael de Castro Palomino. En Obras Completas. Tomo 5. Páginas 101 a 108. Subir
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